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con su blanca palidez

01/07/2010

Un rayo ciego, un vago rencor inoculado como insulina en la cruz del labio, en la mueca del que acaba. Un ojo que gira y nunca se encuentra en los espejos, porque su pupila es una leche seca y amarilla, un lapo gordo, un escupitajo de polla. El barco se hunde, niña, búscate la vena y pon la música a toda hostia. Balancéate un poco, baila, raja el escay de los asientos con tus tacones sucios de ceniza, licor y chicle. Ahí está ese mosquito que te sigue a todas partes y te pica a diario, llora un moco blanco y, antes de que te manche, tú ya sonríes. No es vicio, es vacío, una probabilidad entre mil de sentirte llena. Agarra esa liana y cambia de rama antes de la noche. En ese bar hacen buenos bocadillos, desde la calle se huelen las tortillas. Me gusta verte sentada en el bordillo, mordiendo y masticando, hablando de ayer y de mañana, que todo es lo mismo, mientras por detrás de los tirantes de tu camiseta pasan los niños en bici y en patinete, con polos de hielo y eructos que te caen en la nuca. Eres una esponja de aguas negras, ese bocadillo es lo único bueno que va a entrar en ti al cabo del día. Lo ha preparado mi padre, que no adivina todavía de dónde le traigo los huevos.

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