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cervezas

27/06/2010

La tarde comenzó medio dormida. Éramos seis en la mesa, luego siete. Vino a salvarnos la cerveza, había que contar demasiadas cosas sin sacar del cajón todos los trapos.
El bar eléctrico tenía aún las luces apagadas y vino a socorrerme otra cerveza. Los focos me llenaron de ceguera, abrí la boca y dije, creo, demasiadas tonterías. Una artista de voz cálida hablaba del grafiti asesinado, del último trabajo acometido, y amablemente leyeron algo mío mientras apuraba ya la tercera botella.
Empezó el show de la pizarra y las ideas y me reí bastante, hay que decirlo. Nos reímos yo y cuatro cervezas. Con la quinta sobre el mármol hablamos de varias cosas reales e irreales, el calor era intenso, pegajoso y arbitrario. La sexta no tardó en llegar, junto a la cena, y le siguió una séptima en un bar de más arriba, mientras me hablaban de Durruti y de Bukowski, de terror y bukkake con embudos. Tres leoneses, dos chicos y una chica, abandonaron conmigo la sala de culto y fuimos bajando calles y paseos hasta que el autobús me tragó y aquí me trajo.
Dormir no dormí mucho, soñé despierto. Me levanté a las diez, blando y desapegado. Bebí un café con leche frío, mordí el chocolate, leí algo. Hoy no probaré ya la cerveza, veré a Argentina gambeteando, y probablemente duerma muchas horas para madrugar mañana silbando un tango.

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