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el desparodiador que lo desparodie

26/06/2010

Por mera intuición, llevo un par de meses revisitando la obra de Mariano Ozores.
Desidia, pensaba, evasión sin victoria.
Pero no. Hace unos días, me di cuenta de que, en realidad, lo que andaba yo buscando era una verdad, una constatación de lo que ocurre, de lo que nos hacen y estamos haciendo. Asumo –y no diré con qué sentimiento- que Mariano Ozores es el cineasta que mejor ha sabido captar el alma de las Españas, con permiso –eso sí- de otro señor valenciano.
Vean sus películas, allí está todo. Todo lo que había y todo cuanto estaba por venir. Todo cuanto fuimos y todo lo que somos.
Sus películas, vistas ahora, son pura anticipación de un naturalismo venidero. No sé si él lo sabía, si lo intuía y pronosticaba, pero Ozores parece haber adivinado con tres décadas de antelación el meollo de nuestros días: España y el mundo han venido caminando hacia la parodia de si mismos y ahora vivimos sumergidos, ahogados, en ella.
Esto no es el mundo, amigos, esto es la parodia. Y nadie puede parodiar la parodia. Nadie puede parodiar a un alcalde fofo e inútil que simula estar votando con la parafernalia estropeada. Nadie es capaz de parodiar a un repulsivo presidente polichinela que asegura una cosa y afirma la contraria al mismo tiempo. Ni a un detrito de ministra que dobla la afluencia de sustantivos por no se sabe qué infecunda obsesión de nombrarlos en su forma femenina.
Lo que se acusaba de ser sal gorda en aquellas películas, ahora es la mera realidad: políticos que quieren ganar las elecciones para hacerse con la concesión de la grúa municipal y la recaudación a base de multas, obras y eventos inventados que benefician a sus amigos empresarios. Una política ejecutada a golpe de talonario, trapicheos de despacho, sauna e ingreso en cuenta…
Vivimos instalados en la parodia, la vida es el divertimento para los vivos muertos, para los zombis de la catodia y el ceporrismo maragato. La mierda está tan a la vista, tan al aire, que marea con sus bafos y parece que se llame democracia.
Unos pocos cada vez más ricachos, una multitud dependiente de la limosna gubernativa. Una derecha que da arcadas, una izquierda inexistente. Unos sindicatos feladores y unos obreros que van al Ikea y ya se creen pequeños empresarios de sus casas.
¿Quién puede parodiar la parodia? Hasta los humoristas son parodias de sí mismo que ni se molestan en trabajar el gag, sólo lo esbozan con brocha gorda y mansa, confundiendo la vagancia con la inteligencia. Las risas del público no son risas, son los pedos de su ego que les salen por la boca.
Parodiar lo que está ocurriendo aquí resulta tan imposible como tratar de hacer una versión burlesca del vídeoclip de Delfín, Wendy Sulca y la Tigresa del Oriente. No se puede. Lo único que podemos hacer, a partir de este punto, es tratar de desparodiar esta parodia, que viene a ser como salir a la calle a matar muertos.

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