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en las madrugadas

17/06/2010

Leo a Azorín y, ya ves, me vienes de lleno a buscar, me empapo de tus horas, de tus aromas claros como sol de vida, me empapo de tu boca.
Qué sed tengo de tu boca, Amor, que calcinante desierto me asola acordándome de ella, viviéndola en esta distancia desastrada y desastrosa.
Qué sed y qué vértigo, qué música perdida la de tu risa, qué vuelo extraviado el de tus cejas de Ángel de la Alegría.
Leo a Azorín, créeme, lo leo, y mis dedos pierden el sentido de la orientación, de la realidad que el tacto abarca.
Mis dedos son más tuyos que míos, más tuyos que de nadie. Mi mano, la palma de mi mano, se mueve en un vacío sin contornos, amputada de lo único seguro de ser cierto.
Mi mano, perdida en algún punto, en ninguna parte, no sabe ya tocar ni ser tocada. Ya no es mano mi mano, ya no es boca mi boca.
Y yo ya no soy yo, ni nada está en su sitio, porque no hay lugar donde enterrar la viva muerte.
Sin rumbo voy sin ti, descabezado, leyendo a Azorín por leer algo, por leer las palabras de un anciano que, a los ochenta y seis años, confiesa: “Ansío más ver que raciocinar; propendo más al color que al raciocinio.”
El color, tu color. Tu fuego enciendo. Mi llama te llama y hay un agua que borra mis pasos en la madrugada.

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