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una tarde en el Avenida

16/06/2010

El Cine Avenida era el que teníamos más cerca de casa. Mi madre lo llama todavía Cine Guardia porque, en su juventud, lo regentaba un guardia urbano. Eso era en los sesenta, cuando, en invierno, el patio de butacas aún se caldeaba con estufa de leña y más de un espectador se ponía a calentar la merienda o a asar arenques.
Lo llamaron Avenida porque la calle en que estaba –en la que aún no habían instalado alumbrado público- se llamaba por entonces Avenida de la luz. Luego pasó a llamarse Calle Andorra y pusieron la verdadera avenida –con otro nombre- una manzana más arriba. Pero la sala siguió llamándose del mismo modo.
Quedaba a dos calles de mi casa, cuesta arriba, y la cercanía lo convirtió en nuestro cine de cabecera durante los últimos hervores del cine de barriada, del programa doble y la sesión continua, justo antes de que el vídeo llegara a los hogares españoles.
Una tarde del ochenta y uno o del ochenta, nos metimos a ver El soplagaitas, comedia de Ozores protagonizada por Esteso en solitario. Recuerdo la atracción que ejerció sobre mi uno de los fotocromos expuestos en la entrada del cine, frente a la barra del bar donde nos vendían las golosinas. Me fascinaba el parecido que una mueca tontorrona de Esteso, tocando la gaita, guardaba con la jeta que ponía un primo mío cuando imitaba a los monos.
Aquella película, como tantas otras, se suponía que no podíamos verla, porque era para mayores. Pero entramos, como cada semana, y nos reímos con aquella historia de una cartera robada por equivocación que parecía no querer regresar al bolsillo de su dueño. Una especie de reformulación de Don Erre que erre altruísta y cochinorra.
Ozores aprovecha para cargar contra el mangoneo político siempre que puede, pero nosotros nos quedábamos sobre todo con las gracias de Esteso, con las salidas de Antonio Ozores, ese cura sordo que confiesa al personal a todo volumen y, como no, con las tías en cueros. Cuantas tetas vimos desde aquella platea con olor a caramelo. Tetas y paraísos de entre muslos, que por algo le advierte Esteso a una de sus pretendientes, bien andada la película: ¡No me eseñes el barbas que se me dispara la gaita!

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