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el monstruo y la madre que lo parió

16/06/2010

Sí, los setenta son años en los que el miedo ya está en la calle y en el cuerpo, años de Vietnams, telón de acero, contaminación, peligro nuclear y crisis energética. El pan negro de cada día que bien pudo racionalizar algún drama, thriller o comedia, pero jamás el cine de terror, porque el terror no se hizo para racionalizar, de ahí que buena parte de la crítica le tenga tanta inquina.
Racionalizar el terror implica, por lo común, traicionarlo, devaluarlo o convertirlo en algo flojo y aburrido. El terror atenta contra la lógica, y viceversa.
¿Recuerdan la Talidomida? ¿Qué podría superar el miedo cotidiano a dar a luz un hijo con deformidades o carencias orgánicas? La huella de aquella escalofriante negligencia científica quedó marcada en Estoy vivo (1974), pero Larry Cohen no tuvo voluntad de abrir con ello un debate crítico sobre los usos y abusos de la industria farmacológica. Funciona como film de terror porque su discurso avanza con simpleza panfletaria.
En cambio, en Profecía maldita, el cruce y la amplitud de perspectivas, desactiva todo el potencial ominosos de la historia. Cohen utiliza el instinto, Frankenheimer el intelecto; y es el artesano el más inteligente, quien permanece fiel al género y a si mismo, porque hay que ser muy humano para hacer bien una película de monstruos.

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