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Anem a veure l’Anglada!

14/06/2010

En vísperas de San Juan de hace diecisiete años, nos dejaba el grandísimo actor Rafael Anglada, cuyo rostro parece haber olvidado esta red de redes, pero que permanece entre quienes disfrutamos de sus postreras apariciones en la década de los ochenta y los primeros noventa.
Por lo común, Anglada acude a mi memoria recorriendo los rincones del pueblecito al que había tenido a bien medio retirarse el Doctor Caparrós (Joan Capri) terminada la temporada inaugural de la primera sitcom hablada en catalán de la historia.
Para los que éramos niños en aquella época, Doctor Caparrós, medicina general y su secuela, Doctor Caparrós, metge de poble, nos familiarizaron con un puñado de buenos profesionales de la escena que, de no ser así, difícilmente hubiéramos abarcado con la mirada. Al enorme Joan Capri ya lo conocíamos por sus monólogos grabados en vinilo, lo mismo que, con el tiempo, habríamos ido conociendo a Joan Pera o a Carme Sansa. También nos hubiéramos topado con la singular fisonomía de Víctor Israel en mil y una películas de género, pero no habría ocurrido tal cosa con María Matilde Almendros, Gloria Roig o Josep Peñalver.
Anglada, sin embargo, escapaba a cualquiera de estos perfiles. A pesar de ser un hombre de teatro, su figura trascendía el gran Paralelo y se colaba en cines y televisores, como ocurría con el cómico Pau Garsaball. Aún sin haber aparecido en esta serie, su voz y su gesto habrían dejado impronta a través de los pequeños pero humanísimos papeles que abordó en medio centenar de películas y otras tantas emisiones televisivas. El Tomàs de la Terra baixa dirigida por Josep Muntanyès en el noventa y uno, o el pregonero de Las largas vacaciones del 36 (Jaime Camino, 1936), logran que nos fijásemos en él en cada nuevo visionado.
Rafael Anglada se había subido a un escenario a los ocho años y no lo abandonó hasta que una embolia le obligó a recogerse en la residencia de la Vall d’Hebrón, donde le entregaron el Premio de las Artes Escénicas de la Generalitat de Catalunya, cinco meses antes de su mutis definitivo.
Interpretando papeles cómicos y de carácter, había habitado las regiones más regias y vivas del teatro catalán, sin olvidar el compromiso con las compañías independientes, cuando Barcelona era aún una de las capitales de la escena.
Actuó a las órdenes de Esteve Polls, Fabià Puigserver o Ricard Salvat, entre muchos otros, convertido en reclamo para el público que, a la hora de decidirse por una u otra función, exclamaba: “Anem a veure l’Anglada!”.
Además de prodigarse en la interpretación, volcó su profundo conocimiento del medio en la escritura de varias comedias que supieron llenar las plateas. La más conocida y representada de todas ellas es L’Amor venia en taxi, que aún hoy sigue representándose en varios teatros de España.

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