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anarquista

09/06/2010

Dicen que estás ahí abajo, en la puerta, con tu casaca roja y tu cuchillo. De vez en cuando pierdes la mirada en el recorrido de ese par de pastores alemanes que vienen y van por la plaza de cemento y se detienen a husmear el césped de los contornos.
Podrías haber roto el cristal, podrías haber subido los dos pisos. No te costaría demasiado trepar estos dos balcones verdes. Pero prefieres esperar, fumarte un pitillo, seguro de tu lúcida invención de una noche.
Tus celos son innecesarios, alguien te ha dicho dónde vivo y eso te basta. Hay un agujero grande en mis tripas, tu ya lo has visto desde el fondo del pozo de tus ojos negros. Tu lo ves todo desde abajo, pero quieres ponerte encima y ladrarme tu aliento.
Hueles a ginebra, como el año en que caí rendido ante las ninfas de un lago verde y espeso como un sorbete de menta sobre el que se deslizan las cuchillas de los patines de una niña roja, con la piel del revés, que me saca la lengua desde el ombligo. Saldré despacio y te diré dónde encontrar mis otras vísceras.

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