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la voz

06/06/2010

El comandante Hilario Castro y Porter tienen objetivos distintos, pero su móvil es el mismo: la venganza. Uno se quedó sin madre, el otro sin sus setenta mil dólares. El comandante –inmenso Francisco Petrone– se cubre del polvo pampeano cabalgando tras la cabeza del cacique Huincul o defendiendo la empalizada de los pertinaces malones. Dispara, fustiga, golpea y clava el sable en blando.
A Porter, en cambio, le sacan varias balas de la espalda, enviuda a razón de un chute loco y le revientan varios dedos de los pies. Es un Cristo del hampa al que le sobran dos cojones para poner la empresa patas arriba, agenciarse una meretriz sentimental y pasar la frontera del norte. No da Mel Gibson el mejor tipo del héroe esculpido por Westlake, pero lo cuadra en varias escenas y resulta evocador verle atravesar la tapicería del coche, de fuera para dentro, para cobrarse la venganza definitiva.
Dos hombres capaces de aguantarlo todo con tal de cruzar de un tirón un lago de sangre y espinos. Dos santos cabrones dándose de hostias con las voz de su conciencia.

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