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los chicos del barrio

21/05/2010

A Luc Besson no le pagaremos lo que ha hecho por la Francia y por Europa en años y años de honoríficas salvas marinas. Su grandeza es la del hombre de bien que reparte su vigor y talento por placer de dar gusto a la tropa, a la leva, al pueblo llano y a los amantes de la hostia viril con ritmos de ahora.
Largo y venoso es su talento, y no sólo tras la cámara, también sobre el papel y en la producción, tareas de las que mucho se habló y se seguirá hablando.
Ahí está el recio y portentoso desenfreno de Banlieue 13, con su sarcasmo protestón, su hiel social y su desfile de rostros patibularios. Acojonan la jeta y el empuje de Ciryl Raffaelli y la acrobacia gitanuca de David Belle.
Parkour por un tubo, baldes de hostiacos, brincos, barbaridades y destrozos. Cojonuda al por mayor. Y con esa guinda menuda y descarada llamada Dany Verissimo, cajera de supermercado que obliga a tragarse sus bragas a un tiarrón propasista, para acabar encadenada como una perrilla ojerosa, sometida a la esclavitud de un mal drogote.
¿Cuántas veces tiene uno la oportunidad de fantasear a ojo vista con una actriz, recién finalizada la película? Pues la Verissimo se presta y se regala merced a ciertas incursiones suyas en el mundo del ñaca-ñaca, comiendo almeja y tragando pollote de a litro. Por Dios, tanta exótica inocencia en la hamaca de Eros. Monsieur Besson, Monsieur Morel, mi más íntimo agradecimiento.

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