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me gusta el porno

09/05/2010

Hay días, sí, en que lo necesito, de lo contrario me embotaría en el exceso de melancolía. Son días en que apetece el fin de la civilización y de los tiempos, el finiquito de todo. Entonces me pongo una película de Roland Emmerich y me desahogo viendo perecer a la humanidad en sus conjuntos.
Stephen King hablaba de esa rara necesidad que tienen el escritor y el artista de destruir la realidad que les envuelve y de la sensación que le dejó haber aniquilado al género humano en Apocalipsis. Emmerich no hace más que ejecutar variaciones sobre ese tema: la tierra masacrada por extraterrestres, por dinosaurios mutantes, por el cambio climático o por radiaciones solares… La suya es una pornografía del caos articulada en dioramas del horror, visiones detalladas de la destrucción al por mayor: paisajes que se resquebrajan, ciudades horadadas, desvaríos oceánicos, erupciones de lava…
¿Qué importa el argumento? Lo que cuenta es el efecto, asistir pronto a la catástrofe: el planeta sometido a un efecto microondas, la tierra abriéndose, gozando de intensas sensaciones que sólo experimenta cada tantos miles de años. El planeta entero tiembla, se estremece, se corre vivo…
Sí, me gusta el porno caro, el de muchos millones que se esfuerza en catalogar todas y cada una de las posturas sísmicas que conforman el Kamasutra del Apocalipsis. Es la polla.

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