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A Nueva York en balandro

23/04/2010


Cambié a Puig por Mendoza, no podía con ello, aunque fuera un poco mi palo, mis alegrías. Algún día volveré a él, supongo, pero ahora necesito mayor ligereza de espíritu, si bien el tiempo no acompaña con este día perezoso de nubes inertes de un gris pacífico, como de escombros, que no incita al paseo, ni a un mejor conocimiento del entorno.
Me ha animado un poco leerme, veleidades del ego. Suelen tratarme bien en este cantón en el que vengo escribiendo desde hace unos meses y que acostumbra a servirme de termómetro de pasadas pulgas. La otra semana, sin ir más lejos, releía estas letras que escribí en un hotel, de una sentada y con cierta mala uva trepándome el repecho de las sienes.
No hubiese sabido repetirlas, desde luego, pero me alegro de que asomen por momentos los cosacos a rebanar malezas. La verdad sobre el funcionamiento de todo este engranaje que nos cuece la encuentra uno en los paisajes y pasajes más inesperados, por ejemplo en estas líneas de un artículo publicado por Camba en el cuarenta y seis y que describen al milímetro la sociedad que habitamos. Desde lejos nos silba la trova:

Una de las invenciones más funestas del siglo XIX es la invención de la anestesia, invención de la que se derivan los robos al cloroformo, los suicidios a la cocaína, los asesinatos al éter y, peor que todo ello, las operaciones quirúrgicas al éter, la cocaína, el cloroformo, etc.
¿Qué si yo preferiría el que las operaciones quirúrgicas se hicieran con dolor? Sin duda alguna, lector amigo, porque con dolor no se harían más que en casos de verdadera necesidad. El dolor de los pacientes es, en último término, la conciencia de los cirujanos. Ante un enfermo insensible, el cirujano corta, sierra, quema, taladra, cose y zurce sin el menor reparo.

Ya ve Usted, la realidad del mundo de hoy la venden a cincuenta céntimos en un tendejón de medio pelo: páginas 110 y 111 del Sobre casi todo de Julio Camba en la edición que Austral reeditó en el sesenta y uno. Por lo demás, hoy soñé que tenía la picha larguísima y estrecha como una de esas longanizas que los catalanes llamamos secallona, con su misma textura y color, perfumada e insensible. A Nueva York en balandro.

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