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no había otro sitio adonde ir, Sire

20/04/2010


Ahora cavilo que se te da un aire a Manuel Puig, ya ves qué cosas, el tiempo es así de embarullador y carterista, mal bicho seguramente, aunque sería más decente aceptar que los malos somos nosotros, malos, sucios y olvidadizos, malas putas hasta en sueños. Y, después del sueño, mucho más.
Sin nada nuevo que leer en esta casa, no pude menos que zambullirme en el polvo de ese tendejón de bultos de segunda mano que hay en una calle estrecha con la que te tropiezas según se sube desde el centro.
Me agencié doce volúmenes de a euro y cincuenta céntimos, que son los que me estoy leyendo ahora. Empecé con una napoleónica de Pérez-Reverte, que tiene mucho de coña ácida y de provocación en el anacronismo y la germanía. Me ha sentado bien, tiene un gran momento a lo Conrad.
Ahora iba a por Puig y, al echarle el ojo a la foto de la contra, se me ha dado un aire a ti en el ceño, el cabello, la sonrisa. Serán cosas mías. Es del ochenta y dos, pero está nuevecito. Tal vez un poco sucia la portada…
No paro de escuchar el Degüello, cercado de mi mismo, supongo, garantía de impopularidad. Traigo la calaca en la sombra, esquirlas de la última explosión y un banco de pirañas mustias royéndome la paciencia, mientras me viene al garfio de la mente el título de aquel libro de poemas que Damià Huguet sacó en el setenta y ocho. Pura bragueta.

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