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fumata blanca

17/04/2010


Primavera de niñas rotas y enfermas, de muchachas sexys con la chaqueta por encima y el contoneo desacompasado por las ráfagas de aire. El café requemado, ¿quién lo olvida? Llovizna, faros, intermitentes… Cada vez viene aquí menos gente, pero sigue apareciendo el hombre trajeado con su diario debajo del brazo. Blanco o salmón, política o negocios. Tal vez eso le hubiera gustado: traje, cara de perro e interés por los negocios. Buen provecho.
El café no quema, pero está quemado, sí, y sólo derramo un sobrecito de azúcar para que no se me olvide que es peor que el de antes y mejor que el de mañana. Llevo un nombre escrito en el muslo y otro en la rodilla, cabalgo anhelos, repaso de memoria los primeros festines del magnesio: carne lúcida sobre el oropel de los camastros, miradas desnatadas, rigor de ballenas. El garfio de los mares te embaraza: mejor olvida la barrena y los cilicios, te sientan mejor mi pomada y mis trotones. Las pestañas abanican solas y, si me quito el pijama, verás que todo el calor de la noche se me ha ido a juntar en el habano espumoso y tupido que lío con mis dedos a diario, poniéndolo al servicio de todos tus labios, que a veces se tragan los humos de los papas.

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