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Cristo de la Inspiración

17/04/2010


Que no se puede estar vivo,
que de estar vivo se muere,
y si se muere despacio,
el gusto a todo se pierde,
que lo que duele estar vivo
hasta en la muerte se siente…

“Restaurante chino Hai-Tian”, eso anuncia el lateral del bolígrafo con que mancho la cuadrícula de este cuadernillo. Debajo: dos teléfonos y una dirección.
Me tomo un cortado porque el aula que me habían asignado para recuperar la clase estaba ya ocupada y hay que esperar media hora para entrar en la otra. Esto no es serio, pero yo tampoco, y la radio vierte la edulcorada mansedumbre idiota de ricitos de oro, una cagada.
Aquí ya no hay distingos. Caldo grueso sin verdura y veneno, mucho veneno. Pero la rata se va, nunca muere y, cuando regresa, ha vuelto a criar camada larga, tirando a vieja. La orquesta de las ratas es de cuerda y es de viento, de uña, raspa y chiflido seco. ¡Hiiiii! Las paredes podridas no contribuyen a una mejor acústica, el agudo se desgrana como el yeso.

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