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Larreta

14/04/2010


Ándeme yo caliente y ríase la gente. Así pensaba Eladio Larreta, al que se le cayó el ojo de vidrio en el pesebre del niño, echando por tierra el viaje de lo tres reyes magos, con sus pajes, camellos y burritos.
Había perdido la pupila cortándole jamón a unos parientes cubanos. Era hombre frío, mental, carabinero hasta la cuarentena. Nunca disparaba a matar porque luego había que mandar traer al juez y toda la pesca, así que sólo apaleaba, crujía riñones, lomos y rodillas, que salía más a cuenta.
Tres ojos de pega gastó hasta que se fue, conservando el sano impoluto, como de rubia criatura de parvulario. Leía en invierno junto al radiador y, en verano, al sol del terrado o de la puerta de casa, novelones franceses e italianos, revistas de sociedad, los evangelios y El Alcázar, porque allí escribía un primo que las meretrices de Cigarrales habían salvado de hacerse mariquita.
Él también había pasado por el Arma de Infantería, cuando aún se podía tirar a dar sin que nadie recogiera el muerto en unos días. Daba gusto ver y oler la noche con sus fatuos rondándole al aire sus pesadillas. Que bien se fumaba entonces, con la luna hecha una esponja de lágrimas.

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