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fidelidad interior

14/04/2010


Ocurrió hace meses, de noche y en mi cabeza. Paseaba por la avenida del barrio de mi infancia, pero yo era, más o menos, el de hoy. En un tramo de la acera, bajo amplios toldos, había desplegada una moqueta granate, que se adhería como un guante al relieve del embaldosado.
La zona enmoquetada abarcaba el frontal de escaparates de un negocio de venta de teléfonos móviles y estaba sembrada de adolescentes. Muchachas con camiseta ajustada, tejanos y zapatillas deportivas. Algunas se te insinuaban al oído, lamiéndote el lóbulo, otras se habían echado en el suelo, donde se mecían exhalando gemidos que invitaban a la danza de los sexos. Todo era fruto de un concurso: las chicas debían conseguir acostarse con alguien para lograr su premio.
Una muchacha morena de ojos grandes se me insinúa al oído y tira de mí para meterme en un gran cuarto en el que hay más chicas con hombres. Pretende llevarme hasta una mesa para que la penetre, pero yo me resisto, le digo que estoy enamorado, tengo novia y me espera.
Parece comprender, dando por sentado que ningún premio justifica romper una pareja. Entonces, ¿Qué haces aquí?, me pregunta, y simula liberar mi mano, pero es una estrategia más para desarmarme, para que me apiade de ella y le ayude a ganar su premio. Enseguida se arrodilla, dispuesta a desabotonarme el pantalón..
Me la quité de encima, fiel, exculpatorio, conservador… Y más tarde me las vi entre terroristas…

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