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11/04/2010


A pesar del spotify y toda esa mandanga de alegría a domicilio, lo que más escucho estas últimas semanas es flamenco y copla, ante todo a Juanito Valderrama, hombre de voz húmeda, limpia, incandescente.
Pongo varias veces su versión de La hija de Juan Simón, barbaridad del penado y de la pena que me transporta por todos los caños de la queja. Y también me fascina la sencilla maravilla de La tortolica en la mano.
Hermoso el cante de Valderrama que parece trepar y alzarse desde ese fondo primigenio de la elementalidad ibérica, española. El fantasma de España es y se prolonga en claridades mestizas, en el rojo negro del estoque, el grito del bar, la envidia de fregadero y el naranja roñoso del butano arrinconado en balcones, baños y cocinas. Mayte Martín trata de dormirla con su tristeza de cristal crucificado, como se adormila a un niño de teta, un niño viejo, velludo, ciego y arrugado, que busca un moisés con que irse a esconder para siempre en el bostezo dentudo de los cocodrilos. Berrinche sin cadalso de justicia, lloro vano, llamada perdida que Dios nunca oyó ni oirá por falta de intención y de orejas.
Mientras, en el spotify, Morricone se confunde con Rota, mientras el romano se hace dueño de las emociones estándar -desde la energía metálica al luto de los estadios- y el milanés farandulea sin culpa ninguna, Valderrama da de comer a un triste pajarico que, por mucho que queme el sol, siempre colea.

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