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volver sin volver

09/04/2010



Volver sin volver es volverse para adentro. Las texturas de las fachadas me retrotraen, los balconcitos a tres metros del suelo, las plazas vacías, las calles muertas. Ayer había quedado para grabar unas tomas en el sur de la ciudad, pero aquí se olvidan los compromisos verbales, la gente habla por hablar y se conduce en elipsis cerrada, como cadena de bicicleta de marcha única.

Da igual, algo haré, con o sin gente, me llaman las texturas de las fachadas, los balcones a tres metros del suelo, la quietud de los que andan, la prisa imbécil de los coches… Carritos, todo son carritos: de cartero, de la compra, de bebé, el taca-taca de los viejecitos… En la esquina: carritos, en las plazas: bancos simétricos, cemento y un verde de interiores que llama a la desconfianza.

Los autobuses, al cruzarse, se detienen un instante para que los conductores puedan decirse un par de frases de ventanilla a ventanilla. Las cuñas de la emisora de radio local amortiguan la charla. Un sol seco, una vaga insignificancia… Me agacho para atarme el cordón y, a través de la cercana rejilla, me llega el rumor cavernoso de la cloaca. Esto es, dicen, la primavera.

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