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día jueves

08/04/2010



No es bueno que sepas que te echo de menos, que la lluvia me ha sorprendido en mitad de una plaza, más cerca de un árbol que de un coche, más lejos de ti que de mi casa, aunque mi casa ya no exista. No es bueno que te lleve a todas partes y que tu sólo estés en una, si es que estás en alguna de ellas.

Qué extraña niebla es el silencio, una náusea que desfonda los misterios y los vuelve hierba seca de la peor calaña, lista para arder en un momento. Embarazado del odio voy y no sé dónde abortarlo, dónde desparramar estas ganas de acabar con todo lo que se mueve, dónde vaciarme de esta mugre de cianuro y cicuta. Preñado de inquina, de rabia, me veo arrastrar los pies y encoger el cuerpo como un muñón de harapos.

Recuerdo que, aún pequeño, llevaba papel y cascos de champán al chatarrero de detrás de la vía. El tipo contaba las botellas y pesaba los haces de diarios. Tenían allí una máquina de prensar que compactaba las barras y piezas de desguace que traían los buscadores de hierro y plomo. ¿Quién puede prensar esta bolsa de bilis sin que reviente y recorra mi sustancia como una mala sangre? Plomizo y umbrío, siento resbalar la lluvia hasta que la luz cede a impedimentos y vuelvo a esta casa en estado de gravidez o de mala esperanza.


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