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cascotes de viento

08/04/2010


Y me vine con la música a otra parte, dejándomela casi toda en cajas, como los libros. Pero ahora la música se viene sola, con cables o sin ellos, revoloteando, sin necesidad de aproximar demasiado la oreja, ni de calzarse los muelles para dar el salto definitivo.
Más abajo se quema el suelo de los bolcheviques, lo veo a través de la cuadrícula verde que envuelve el vidrio de los sifones, ¡zus! ¡zus! ¡zus!, una ración de vermú con olivas verdes y negras, con hueso, con guindilla y anchoa, unas patatitas, como si fuera domingo y no hicieran falta trenes para irse a bailar a la terraza de las piscinas. Gloriosa mansedumbre del timón de los jueves, joures leves y voluminosos como un dirigible de espuma.
La hembra sola,
abrochándose los botones de la falda…

Deja de mirarte por dentro, tu estómago era una sopa mal cocida, llena de búhos y de serpientes racionales, y tu cerebro una lava que hierve. Cada día más sólo, más insulso. Esfúmate: tango y caraja. Lo que quiere la hembra es un soldado que la cubra.
Del color de la tierra
tus ojeras,
abanicos rotos…

Habrá que dormirse con la cabeza llena de agujeros, como la noche, traspasado de músicas y dándole al segundero una patada en los cojones. Quien quiera bailar que baile, yo me distraigo tarareando El orangután, en la dulce rememoración de aquella formidable canasta de Chicho Sibilio, que si cuela, cuela

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