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bizco

26/02/2010



Cuento tres. Me llevo una. Setenta y cinco postales del extrarradio y ocho sillines de bicicleta. ¿Te suena esa cara? Mocos como larvas, como limacos. Costras como dedos de dálmata desteñido, con los topos desvaídos que resbalan hasta el fondo de un sumidero. Hay que estar despierto mañana y siempre, los demonios no duermen sino en el regazo de las putas y las putas andan ya sin piernas, con el nudillo del ocre y el páncreas convertido en libélula. ¿Diabetes? ¿Bocio…? Echa para atrás esa hojalata y navega un rato largo, los lagos son cortos, vacíos de bruma y tan lisos como la hoja que dobla ese maestro en la penúltima fila. La carnicera desliza el dedo sobre el metal de la balanza y añade media loncha. Media, sólo media. Se lleva una. Setenta y cinco puñales en un ascensor por el que sólo suben a veces las criadas y los arsenales. ¿Viste aquella guerra, Ignacio, aquellos caballos hundidos hasta la crin en la ceniza, aquellos fardos de carne reventada? No pintes más, cabe menos luz que tiniebla y el fuego se está quedando bizco de tanto tentar a las cabañas.

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