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la miseria en el ojo

13/01/2010

Algunos de mis compañeros llevaban fotos de mujeres desnudas al colegio y nos cobraban por enseñárnoslas. Muchos se iniciaron en el onanismo recreándose con aquellas fotografías. Un cura, cuyo nombre he olvidado, nos daba ejercicios espirituales, montándose un decorado de lo más lúgubre y apropiado: mesa con paño negro, calavera y vela. Modulando la voz según convenía, nos hablaba del mundo, la carne y el demonio. Se exaltaba especialmente hablando del sexto mandamiento: las mujeres eran muy peligrosas y la concupiscencia nos llevaría directos al infierno llameante y eterno. La verdad es que era un actor consumado y convincente, y lanzaba rayos y venablos contra los vicios solitarios. La masturbación nos conduciría, sin alternativa posible, a las calderas de Pedro Botero, además de provocarnos la locura. Todos rehuíamos confesarnos con él porque sus penitencias eran tremebundas. Lo cómico es que, pasados algunos años, supe que el personaje había preñado a una dependienta, había colgado la sotana y vivía amancebado con la chica.

Paul Naschy; Memorias de un hombre lobo. Madrid, Alberto Santos Editor, 1997. p. 34.

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