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en la orgía del estoque

19/12/2009



Cuatro años después de acomodar el despertar vocacional de Manuel Benítez al celuloide, Pedro Lazaga se avino a repetir la experiencia con quién sería el compañero de El Cordobés en la controvertida temporada de 1969, aquella que los críticos juzgaron bien llamar la Campaña de los Guerrilleros.

Si el novillero de Palma del Río había cumplido el cuarto de siglo al protagonizar Aprendiendo a Morir, Sebastián Palomo Linares sólo sumaba diecinueve al estrenarse en el cine con Nuevo en esta plaza, largometraje producido y co-guionizado por Pedro Masó, que conservaba gran parte del equipo técnico que había trabajado en su predecesora.

Pero, a pesar de su cercanía en el tiempo y de la coincidencia del plantel de profesionales, cada film pertenece a una etapa evolutiva distinta de la historia de nuestro cine. Aprendiendo a morir vendría a representar los últimos coletazos del cine de los cuarenta y los cincuenta, fotografiado en sobrio blanco y negro, con rostros clásicos de ese tiempo como José Orjas o Elvira Quintillá. La dureza de Alfredo Fraile, entre la épica y el costumbrismo, se empareja a la de un Berenguer, un Cuadrado o un Paniagua. Lo que en el sesenta y dos era orquestación trágica del pasodoble, lo convierte el mismo Antón García Abril en torería ligera con requiebros y adornos de dulces vientos para acompañar las coloristas peripecias de Palomo Linares, fotografiadas por Juan Mariné en un trabajo no demasiado florido, mientras al novillero de Jaén lo acompañan ya los rostros que habrán de caracterizar la comedia española del tardo-franquismo: Landa, Sacristán, Gracita Morales, Gómez Bur

Si al Cordobés lo arropaba Ismael Merlo, a Linares lo cobijan los inmensos Carlos Lemos y José Bódalo, pero en ambos casos hace acto de presencia la figura llana y accesible de Manuel Zarzo que, despidiendo al futuro triunfador a la salida de Linares, le grita: “¡Mándame la primera oreja que cortes para ponerla en el bar!”

Yo había visto Nuevo en esta plaza de pequeño, en una tele muy antigua, y la recordaba en blanco y negro. Vista ahora, me impresiona la expresión de ese adolescente de rostro infantil que se tumba a leer un Tío Vivo de Bruguera mientras se recupera de un percance y que no para de matar novillos en toda la película. En cierto pasaje, el montador Alfonso Santacana acelera el éxtasis encadenando tal cúmulo de entradas a matar que la película deviene una orgía del estoque a todo color. En otro momento, después de varios amagos de cogida, vemos como limpian el rostro del jovenzuelo lidiador bañado en la sangre del toro. Todo eso me perdí de niño, se lo comieron los grises de aquella pantalla encajonada en madera y hierro.

Más allá de la extrañeza que produce ver a un chaval tan menudo dando muerte a semejante sucesión de reses bravas, poniendo en riesgo su humanidad y su cordura, me enternece comprobar que tanto para Manuel Benítez como para Sebastián Palomo, el paraíso en la tierra no es más que un bocadillo de calamares bien calentito. Que sí, Señores, que sí, que más cornadas da el hambre.

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