Skip to content

Alegrías por Manuel Zarzo

18/12/2009



He visto muchas, pero que muchas veces aquella primera aparición de Manuel Zarzo en Juncal, el episodio de la serie Cuentos imposibles que dirigió Jaime de Armiñán en 1984. La otra semana escribí un pequeño artículo sobre el veinte aniversario de la serie del mismo nombre que emitió Televisión Española en el ochenta y nueve y volví a disfrutar de su talento.

Zarzo es como el oxígeno de la escena, no sabría yo encontrar un actor que desprendiera mayor vitalidad, verdad y cercanía que la que de él brota. Casi siempre encarnando papeles de reparto (hermano, hijo, tío o amigo) se le vio mucho en la época del western mediterráneo y aún resuena su risa contagiosa metido en los cueros de uno de los vástagos escoceses que empuñan las Siete pistolas para los MacGregor que dirigió Franco Giraldi en el sesenta y seis. No resulta tampoco difícil rastrear su presencia siempre divertida por algunas de esas explotaciones más o menos disimuladas de Los Siete magníficos que se rodaron en suelo almeriense.

Pero, a pesar de su serpenteante y variada carrera, que se extiende a lo largo de casi doscientos títulos en el cine y la televisión, además de sus celebradas caracterizaciones teatrales, termino siempre asociando la figura y la voz de Manuel Zarzo al universo del toro. No sólo por la maravillosa humanidad que dotó al tito Bernardo de Juncal, sino porque su carácter desenfadado y generoso habita una parte importante de la filmografía taurina desde la década de los cincuentas en adelante, comenzando por Sangre y luces y A las cinco de la tarde, para luego encarnarse en el primer torero al que El Cordobés ve perder la vida en Aprendiendo a morir y en el mejor amigo de Sebastián Palomo Linares en Nuevo en esta plaza.

Este último papel, el de El Tato, el maletilla compañero de tentaderos y nocturnidades de Palomo Linares, que renuncia a aventurarse en el mundo de la lidia porque se sabe carente de facultades para enfrentarse a las bestias, parecería prefigurar justamente al tío Bernardo, hermano de José Álvarez Juncal. El primero se retira aún adolescente, antes de iniciar la carrera, mientras que el segundo, ya en la madurez de su existencia, reconoce que era un cagao y que por eso se retiró de los ruedos, porque el miedo le comía cada tarde, antes de salir a la arena.

Compone Zarzo de manera honda, afectuosa y (sólo en apariencia) sencilla estos personajes tan humanos, conocedores de su vulnerabilidad y capaces de arriesgar por los otros lo que no sabrían jugarse por sus propios intereses. Fabulosa faena al natural que merecería aún mayores elogios.

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: