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la fontanería de Margaret Thatcher

16/12/2009



Llevo unos cuantos días con la cabeza metida en un bloque, soñando cosas de aparato y extraña ventura, como ver estrellarse un caza blanco que hace temblar los cimientos de la casa, peleas a nudillo pelado y zombificaciones. Hoy, sin embargo, soñé que veía humillada a la Coixet, toda sonrojo y lágrima viva en su pedestal de charlatanerías posmodernas.

No acabo de entender como pasó, pero ayer terminé por morderle dos bigotes a Fulci. Uno lo pegué en la parte de atrás del marco en que conservo el autógrafo de Alfredo Landa que me regalaron mis amigos. El otro, por ahí se perdió. Son cosas del cariño entre animales, todo pelo y sinvergonzonería, caballitos sin trifulcas, el morlaco de los vientos que se arrima a la noche como flor de precipicio. Me chirrían hasta los espejos mientras desempaco los semáforos en verde para dentro de unos días, que al flamenco lo pintan cojo y luego se caga en los horizontes de acullá.

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