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la bestia del apocalipsis…, que es el vulgo

17/10/2009


Al pueblo no puede ilustrársele. Es y será eternamente un hatajo de babiecas, una recua de jumentos. Si le presenta usted las cosas naturales no las cree. Se pirra por lo raro, estrambótico, maravilloso e imposible. Cuanto más gorda es una rueda de molino, tanto más aprisa la comulga. Conque, amigo Custodio, usted deje de andar la procesión, y si puede, apande el estandarte… Este mundo es una danza.
………Emilia Pardo Bazán; Un destripador de antaño.

Las mayores brutalidades tienen su motor y fundamento en la existencia de un pueblo bárbaro y desinformado que, de la noche a la mañana, se cree ya instruido e iluminado por una verdad que le viene de arriba. Sirva esto de advertencia para lo que sigue, que no es más que decir que, hace un par de semanas, estuve leyendo un escueto volumen de cuentos costumbristas escritos por Emilia Pardo Bazán. Los unos ahondaban en el modo de ser y vivir de las gentes de Galicia, los otros mostraban el desamparo que esas mismas personas u otras parecidas, padecían al dar con sus huesos en esa villa y corte de Madrid en la que cada uno no busca sino la saciedad de su vientre y el fulgor de su propio ombligo.
Salvo uno, que me vi incapaz de leer por la abundancia de ripios y la dilatación innecesaria del artefacto descriptor, todos los demás cautivaron mi interés por uno u otro motivo. A veces, el relato se levanta sobre una anécdota, un detalle cotidiano que a cualquiera podría parecer intrascendente e, incluso, inoportuno. La ironía y mala baba rezuman aquí y allá, y no escasean tampoco la naturales truculencias de su tiempo. Prefigura Bazán, tal vez siendo su negativo exacto, algunos de los mejores logros de aquello que se quiso llamar realismo mágico.
El relato que lleva por título Un destripador de antaño, retrata la mala saña con que la incultura y la superchería guían la voluntad del común de las gentes. Dándole la vuelta a la atroz figura popular del sacamantecas, el cuento muestra como la ignorancia, el oscurantismo y la mala fe de las personas abocan al crimen y al martirio de los más débiles. Tal vez su raíz aristocrática le sirviera de profiláctico contra bermejos populismos, el caso es que la escritora coruñesa no cae en la tentación de cantar la bondad natural de las gentes llanas, sino todo lo contrario, y venimos a entender, poco más o menos, que el apocalipsis es el vulgo y a éste no le es menester jinete alguno para conducirse de pleno al abismo.

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