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filofofía

16/10/2009


Hace una semana, la cajera del supermercado de enfrente departía con una clienta sobre las bondades de la obra de Paulo Coelho. Comentaba la señora que si bien El demonio y la señorita Prym no responde a las características del estilo habitual del autor, es igualmente un libro hermoso. Ella puede decirlo, pues posee las obras completas de Coelho, que pudo terminar de compilar cuando llegaron a los quioscos engrosando el pliegue de cierto diario. Llenó aquella ferviente lectora sus bolsas con víveres y menaje y salió del negocio prometiendo regresar enseguida con uno de los libros del ilustre académico carioca que la cajera no había tenido el placer de degustar todavía.
Cuando se lo conté a Fulci, no entendió nada. Sin embargo, la noche del sábado, en mitad de una cena a la que había sido invitado por unos amables amigos, me advirtió la señora de la casa que ella también poseía el grueso de la obra del celebérrimo autor de El alquimista, mientras su esposo señalaba que lo único legible escrito por su mano es, justamente, el título que acabo de mencionar. Yo me apresuré a aclarar que nunca había sido capaz de digerir más de dos o tres párrafos de los libros de Coelho, quién publica volúmenes cada vez más delgados y con la letraca creciente, por lo que no me veía capaz de enfrentarme precisamente al que se me antojaba el más voluminosos y escrito, además, con la letra más pequeñita. Lleno de conmiseración hacia mi persona, con intención de ahorrarme semejante desgaste ocular, mi fiel amigo tuvo a bien resumirme el argumento de aquella tochana: te explica que todos tenemos un tesoro por descubrir y te va guiando hasta que terminas descubriendo que el tesoro eres tú mismo.
Tras ingerir un delicioso helado de chocolate y vainilla, mientras mis manos mancillaban el cálido whisky mezclándolo con la párvula cola, nos pusimos a jugar una partida al Zombies!!! Y. sin precisar mayores crueldades que las propiciadas por aquel antropófago Apocalipsis imaginario, creo que todos nosotros sacamos un poco del veneno que llevábamos dentro.

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