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calles y oficinas

10/10/2009


Tenía razón Sandy Williams, este mundo es muy extraño y encima, por aquí, no tenemos a Isabella Rossellini para endulzarlo un poco. Por Barcelona aún te encuentras carteles en que se reivindica que “la transexualidad no es una enfermedad” y, si vas por la calle con tu hermano, hablando tranquilamente de los merecimientos de Viggo Mortensen, se te acerca un tipo y reclama: “¡Hay que rodar películas de acción! ¡Películas de acción!”. Te das la vuelta y constatas que sí, que es ese señor que siempre promociona chaquetas de piel en la parte alta de las ramblas. Peletero y amante de las películas de carreras, acrobacias y hostias: un buen hombre.
La otra mañana, me acerqué a un edificio oficial de nuestra particular Generalitat para consultar ciertos datos de mi interés. Al entrar, se me adelantó una muchacha, de modo que tuve tiempo de observar como se dirigía a la recepción para preguntar en qué planta se encontraba la oficina que andaba buscando. Cuando la recepcionista se esforzó en separar los labios para responderle, advertí que padecía una deficiencia en el aparato fonador: hablaba alzando mucho la voz, acentuando los graves y a trompicones. En un acto de ejemplar y justa integración en el mundo laboral, los responsables del departamento pertinente habían contratado a una señora con discapacidad en el habla para atender la recepción del edificio. No hice preguntas, ni las hago ahora.

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