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el bosque

09/10/2009


Los lobos me miran, Arcadia, lobos que escudriñan ladeando la cabeza como girasoles bajo la lluvia espesa como gelatina. No sabes cómo echo de menos tu manta gris y raída de las noches de decúbito y amapola, cuando gorgoteábamos saliva y misterios, empapados los dos en vapores de exudación. Que mal nos ha ido, ¿verdad, mi vieja? Mal y peor. Como troncha la vida el tiempo, como trincha las esperanzas la vida. Los lobos ni siquiera cargan el vacío del hambre, me buscan por el placer de matar de miedo y a distancia, pero conmigo van a tener que usar dientes y rabia, que yo no me muero así como así, ahorrándole mascadas a las fieras. Muero viejo, Arcadia, no de viejo y en cama reposada, que es lo que hubieran querido nuestras madres. El bosque nos ha perdido el respeto, la nieve ya no es aquel juguete que nos desperezaba en aquellas claras mañanas de los primeros inviernos. Me duelen hasta los hálitos de tan menguada que traigo el ánima y tan reseco que voy por dentro. Los lobos me lloran. Yo lloro también. Y ni siquiera sé cómo has muerto, Arcadia.

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