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tren baldío

28/09/2009


Ocurrió hace más de dos meses. Por un tiempo, tuve la ingenua esperanza de llegar a olvidarlo con el paso de los días. Pero se trata de uno de esos coágulos del sinsentido que uno sólo alcanza a desintegrar aplastándolo contra la pantalla de este ordenador por el que ahora mismo estás navegando.
Tuvo lugar en un tren. No era el último de la noche, pero poco le faltaba para serlo. Yo no quería quedarme atrapado una vez más en el ocio diminuto de la capital de comarca y me apresuré a subir a ese vagón de cercanías. En el siguiente apeadero, entraron una chica y dos muchachos. Ella era una de esas estudiantes calientapollas que, apenas traspasada la mayoría de edad, se deja acompañar por confidentes de pluma desaforada y lengua mucho más malsonante que incisiva. Iban la jovenzuela de exultantes carnes y las dos locas hablando de clubs gays y de comidas de polla. Todo el vagón oía sus risotadas y voces agudas. Yo mucho más, dado que me encontraba, muy a mi pesar, en el asiento de atrás, tratando de acomodar la conciencia en un punto blindado y ciego que me librara de romper el quinto mandamiento.
Hubo un punto en el que una de las autoproclamadas mariconas hizo notoria su necesidad de evacuar menores. Pasamos una y dos estaciones. En la tercera, desapareció el tipejo al abrirse las puertas del tren y volvió a asomar las napias, desde el fondo del vagón, cinco minutos más tarde, ya con el tren en marcha. Regresaba con una botella de agua llena de sus propios orines. Más trinos, chillidos y carcajadas. Creo que dejó caer el recipiente en la papelera metálica más cercana y el trío siguió entregado a la confabulación de futuras y anheladas felaciones.
En aquellos días, se había trastocado el itinerario de los trenes a causa de unas obras. Al ir a apearme, me di perfectamente de que aquellos tres pimpollos estaban equivocando el rumbo y que, si no bajaban allí mismo, jamás llegarían a tiempo a la cita a la que se dirigían, de la cual estábamos al tanto todos los viajeros. Traté de advertirles para que se apearan, más que para ayudarles, para evitar que continuara el suplicio de quiénes se verían forzados a acompañarles. No me hicieron caso y prosiguieron viaje. Además de porcachones, gilipollas.

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