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gente de pañuelo

27/09/2009


Encerrado aquí, echo a veces de menos las buenas conversaciones y recurro entonces a la escucha de lo que ya dijeron sabios, alumbrados y poetas. Así fue como, la noche del viernes, me senté a escuchar, enfilada la medianoche, la entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Rafael Alberti en el setenta y siete. En su tiempo, a Lorca y a Alberti se los comparaba con Joselito el Gallo y con Belmonte, pareja sevillana, española y eterna, enfrentada e íntima, de toreros que, de algún extraño modo, terminarían formando una trinidad con Ignacio Sánchez Mejías.
Cuenta Alberti que, en sus horas difíciles, Sánchez Mejías le ofreció ser peón de su cuadrilla y que fue así como salíó a dar el paseillo en la plaza de Pontevedra, en una corrida de mayo que completaban los matadores Márquez y Carancho. Para la ocasión, le prestó Sánchez Mejías el traje naranja y negro que se había hecho hacer para una corrida de luto en homenaje a la reciente desaparición de el Gallo.
Alberti, también amigo de José María de Cossío, relata de manera muy graciosa el estreno de Sin razón, la primera obra de teatro escrita por Sánchez Mejías. El diestro era hijo de médico psiquiatra y parecía conocer bien los entresijos del psicoanálisis, tan en boga en la época, de modo que presentaba una obra moderna, rompedora, de lacónica escenografía: escenario casi vacio, muebles fosforescentes… Pero lo curioso de todo esto fue que, debido a su bronca insolencia –había llegado a dedicar algún que otro corte de manga al público de la capital-, los aficionados a los toros de Madrid se la tenían jurada; en palabras de Alberti, querían matarlo. Así que, la noche del estreno, el teatro se había llenado de aficionados de sol y pañuelo, dispuestos a cobrarse en la platea la venganza que no habían podio consumar en los tendidos. No obstante, el estreno fue un éxito.
Preside estas letras una de las fotografías más hondas y elocuentes de la historia del arte de los toros, la que muestra a Sánchez Mejías junto al cadáver de Joselito, quién era, además de hermano en la arena, su cuñado. El Gallo murió en abril de 1920. Una tarde de agosto, catorce años después, Mejías recibía una cornada en el muslo que lo arrastraría a la muerte por el feo y sucio camino de la gangrena. Muchos dijeron, ya entonces, que si el matador había reaparecido aquella temporada junto a Juan Belmonte había sido sólo para morir como sólo pueden y deben morir los toreros. García Lorca volvió su sangre música de poema y el propio Alberti le dedicó su libro Verte y No verte. Se va a salir el río, escribía, y ya no veré nunca el temblor de los juncos.

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