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dos años de amor y pelos

22/09/2009


Dos años lleva Fulci dando tumbos por el pequeño mundo de esta casa. Bueno, en realidad ha conocido también otros mundos: su Valencia natal, un piso en l’Hospitalet, un ático en Gràcia, otra casa en el Guinardó… Hay días en que nos entendemos con un gesto mínimo, una mirada. Otras veces se hace más el remolón, pero, cuando me nota gris y tristolón, se me sube al regazo, hundiendo la cabeza en mi pecho y ronronea. Un amor incondicional y lleno de pelos.
Puede pasarse Fulci horas enteras sentado sobre sus patas traseras, encima de la lavadora de la galería, escrutando el quehacer diario de la vecindad o, tal vez, observando simplemente como crece la luz de la mañana y mengua la de la tarde, camino de una noche que lo anima y reaviva. Es un poco como una novia confiada y presuntuosa, esquivo cuando se le busca y omnipresente cuando uno se ve abocado a prestar atención a una única cosa; demanda interés y cariño cuando se está escribiendo frente al ordenador, si se habla por teléfono o se mira una película. “Fulci” –le digo- “no seas pesado, si tu eres mi tele”, pero él desdeña el dudoso cumplido y sigue maullando peticiones de amor. Dos años de película italiana, de bondad y de humildes carantoñas que le tienen hecho un ovillo, soñando con sus cosas hasta que le abra su latita y venga a hundir el morrillo en manjares pasajeros que parecen hacerle feliz a todas horas.

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