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de la serenidad volátil

21/09/2009


Hay que volver, a como dé lugar. Aunque, como escribía Bergamín, volver no es volver atrás. Yo no vuelvo atrás de nada. Volver a ser lo que se es y dejarse de tonterías. Dejar de echarle toda la culpa al trampero y prestar mayor atención a cepos, falsos fondos, lazos y jaulas. La trampa está ahí para que tu la rehúyas. Ser tú, negándote a ser lo otro o ser lo otro, negándote a ser tú mismo. La trampa es herramienta de perfección, forja de voluntad, senda y cincel de anacoretas. El trampero, enemigo que ofrece siempre la posibilidad de dejar de ser tú y empezar a ser lo que quieren que seas. Cuanto más necesario y presente se hace el externo, menos fiel has de ser a ti mismo. La trampa es la voluntad del externo, quién cae en ella sin tratar de salir sabe siempre lo que hace y no merece absolución ni disculpa. Aquellos que viajan siempre por la gran autopista, porque pueden sufragarse el peaje, no ignoran que la gran autopista conduce siempre al mismo lugar y que ese lugar no es el suyo. No obstante, pisan firmemente el acelerador y acarician el volante como la piel de un amante tibio. Hay que volver, a como dé lugar.

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