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Adiós, Melody, Adiós

20/09/2009


Debo reconocer que las parábolas futuristas de bajo presupuesto, esas pequeñas historias que hablan de grandes conceptos relacionados con Nuestro Porvenir, ejercen sobre mi una notable atracción. Para ellas, mi simpatía es un anticipo. Con Deadly Harvest pasó un poco esto. La compré hace tiempo de saldo con el título español Cosecha mortal. La portada es tan pachorrona que hasta el nombre del director viene mal escrito: a Timothy Bond le llaman Tomothy, lo que le sirve al diseñador de turno para jugar con las “o” utilizando unos grafismos de su invención francamente vencible.
Hablamos de lo que podía haber sido perfectamente una obra de teatro, pero adaptada a formato de telefilme. Rodada en el setenta y siete, empleando grandes vistas aéreas y travellings en tono documental, la película propone una situación que hoy resulta incluso más verosímil que entonces: debido a disfunciones climáticas, se pierden las cosechas del mundo entero durante dos años consecutivos. Ya casi no quedan reservas de comida, pero los gobiernos engañan a la ciudadanía y dictaminan el estado de sitio en las grandes ciudades para evitar incontenibles motines. En semejante trance -como ha ocurrido siempre en las guerras-, bandas de estraperlistas asaltan las granjas, en las áreas rurales, para vender lo que rapiñan en los subterfugios del mercado negro.
Esto, que Roland Emmerich hubiera convertido en un despiporre multimillonario, lo reduce el televisivo Bond a un ejercicio de artesanía dramatúrgica: la historia de dos familias, una de granjeros, la otra de la alta burguesía, con sus conflictos íntimos y, por supuesto, demasiado humanos. Con una pizca de western y de teatro danés, el buen canadiense levanta una obra modesta que se deja ver sin remilgos, dejando –más en la mente que en la retina- algunos buenos momentos. Canadá siempre dio más de lo que se le pedía y esos paisajes urbanos e industriales, que el tiempo ha ido, por desgracia, prodigando, dan más pavor que cualquier elucubración futurista. El mal, señores, ya está hecho.

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