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trasposiciones

22/08/2009



Llevo pensando toda la mañana lo peregrina y descorazonadora que resulta a veces la vida de las ideas. Porque, elucubrando sobre Lucio, anoche no quise penetrar en la mecánica oxidada de la película de Martí Maqueda, quién, seis años después de su vigoroso estreno, todavía pretendía sacarle algún jugo a los Perros de paja del enorme Peckinpah.

Lo problemático no radica tanto en querer recoger frutos tan superada ya la temporada de cosecha, sino en la reverberancia icónica, en retomar una y otra vez los lugares comunes: tías buenas en bolas por la casa o bañándose en la piscina ante la mirada ávida de garrulos albañiles, etcétera. No, no dejo de temerle a tan escasa imaginación, pero luego me pongo a darle vueltas a casos mucho más recientes que tratan de reinventar el código visual, salvaguardando el paisajismo –el recurso a la bestialidad rural, la figura más o menos denotada del retrasado…-, pero a costa de una pérdida de intensidad dramática, de un desfallecimiento de la violencia, tanto explícita como contenida, que se debe, en gran parte, a la putrefacta corrección política que, de un tiempo a esta parte, nos domina.

¿Qué es peor, “civilizar” la violencia o copiarla y pegarla a brochazos de cola blanca? ¿Qué resulta menos molesto, un Cristo de Grünewald hecho en plástico o uno de esas crucifixiones de acero inoxidable en las que el Cristo son dos varitas de alambre? ¿Qué se deja más por el camino? Fulci me mira y me da la respuesta.

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