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tres vasos negros

15/08/2009


A veces me sigue el ritual a todas partes, como la voz sagrada de Laboa, y todo cuanto miro, pienso y hago cobra una liturgia absolutamente pura y vertebrada, amamantada por luces que llegan del otro lado. Pues existen luces que no conocen la frontera del tiempo ni la noción de distancia, son el primer fuego, la infinita llama que jamás habrá de consumirse. Martin Madahas, Andy Brooks y Arnie Cunningham se han sentado a charlar en la misma mesa de la cafetería de la estación de servicio. Llevan cuello alto, aunque el verano arda todo el día sobre el asfalto que recorre todo el continente. Martin ha perdido su botiquín y no quiere usar la boca, tendrá que hacerse el ciego y asaltar una farmacia. Andy nota que vuelve a pudrirse y mira de soslayo las suaves pantorrillas de la camarera, la cena estará lista en cualquier bungalow. Arnie… Arnie no puede parar, es un trovador que afina sus rimas con bujías, tuercas y pintura metalizada. No toman nada, pero se han pedido tres vasos de leche fría. Cruzan de vez en cuando cuatro palabras, mientras los vasos se van volviendo negros sobre la mesa de plástico y una lujuria sin sexo comienza a apoderarse del filtro de la ruidosa cafetera.

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