Skip to content

una suavidad absurda

09/08/2009


Mediados los noventa, estábamos viendo en casa una insoportable adaptación de Capitán América. En cuanto mi hermano se levantó para ir al baño o a pillarse una naranjada, aproveché para adelantar la cinta una media hora. Se lo confesé al final del metraje, cuando empezaron a asomar los créditos, y los dos estuvimos de acuerdo en que, gracias a aquella maniobra, la película había ganado enteros, ni que fuera en economía narrativa.
Existen producciones que sólo pueden verse a cámara rápida, machacando metros, como acostumbra a ocurrir con la mayoría del porno convencional. Otras se pueden empezar a ver el día cinco, pararlas y finalizar el visionado el día veinticuatro, porque el argumento es tan elemental que resulta imposible perderse en los entresijos de ninguna trama.
Un claro ejemplo sería un soft ochentero como Bragas calientes, protagonizada por el ineludible Emilio Linder: un tío ficha putillas para una orgía y, hacia el final, empieza a mezclar sueño, fantasía y realidad, con el fin de intentar elevar el nivel, un imposible en un film dónde no se eleva un solo pene.
Sí, es cierto que esto ocurre también con el hardcore: uno para el deuvedé y puede continuar otro día sin perderse nada bueno. Pero el porno blando plantea cuestiones más interesantes, porque se fundamenta en explicar lo que buenamente pueda sin mostrar lo que todo el mundo quiere ver.
En Bragas calientes, por ejemplo, la mecánica de las escenas eróticas es la siguiente: diálogo mínimo inicial + supuesto coito con música + supuesto coito gemebundo. Los actores hacen ver que follan apretando mucho las piernas, no se les vaya a ver el pito; y las actrices se agitan, gesticulan y retozan a un ritmo totalmente desacompasado y empleando posturas absurdas que sirvan para tapar los genitales de sus compañeros, de modo que, de tener dichas posiciones alguna lógica, significaría que las están penetrando por el ombligo o por el muslo.
No obstante, tratándose de producciones de estricto porno blando, el equipo de producción contempla la filmación de otro tipo de escenas y planos recurso, siempre de relleno, que dotan de cierta credibilidad al asunto. Cuando ves a los actores entrelazando sus lenguas, chupándose los pezones, manoseándose las nalgas o lamiendo el exterior de la vulva, no hay trampa: lo que ves es lo que es.
De lo cual se desprende que existe algo mucho peor que el porno duro convencional y que el blando auténtico, algo incluso más insufrible que aquella penosísima adaptación del cómic de Kirby: el reciclaje de producciones de porno duro para ser aprovechadas en los mercados del porno blando.
Pensemos, por ejemplo, en la versión soft de La hija del padrino, de Joe D’Amato. No se puede acelerar ni ver en porciones porque, sencillamente, no hay nada que ver. No hay metraje para hilvanar un argumento, ni material para hacer siquiera comprensibles los encuentros amatorios. Y, a diferencia del soft engendrado como tal, no posee siquiera sucedáneos eróticos con los que el espectador sea capaz de entretener su desbravada lubricidad. Muy al contrario, lo que siente el espectador es la perentoria necesidad de ponerse una porno de verdad –a poder ser, en la que intervengan las mismas actrices- para poder ver las felaciones, orgías y baños de leche que le han sido allí arrebatados. Nunca se vió una suavidad más absurda.

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: