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lágrimas blancas

09/08/2009


La otra tarde encontré unas braguitas rojas en el balconcito de la galería. Recuerdo que una vez, hace muchos años, escribí un guión que empezaba así, con un tipo que recogía unas bragas caídas del cielo. Y allí empezaba algo así como su perdición porqué, si mal no recuerdo, su propietaria acababa vomitando limones en la taza del inodoro –sí, vale, algo había oído ya de los conejitos de Cortázar.
El caso es que, para mi, las bragas de anteayer fueron un poco el canto del cisne de la vida erótica de este edificio. Puede que ya nadie se acuerde de ello pero, cuando me mudé a este piso, había vecinas follarinas por todas partes y se oía el crujir de las camas y el ulular de los orgasmos mañana, tarde y noche. Pero, de un tiempo a esta parte, ya nadie baila el muñeco en toda finca y lo único que se oyen son voces, cantos agrios de melopea y el llanto de un bebé que ya va camino de cumplir el mes de vida.
Le contaba a Fulci, hace un rato, que es un poco triste que las vecinas ya sólo pierdan las bragas de esta manera, habiendo tantos modos provechosos de extraviarlas. Ya nadie columpia las caderas, Fulci, ni siquiera esa gata que maúlla sus celos en el tercero, mal agosto está haciendo la jauría de Baco.

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