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¡Chicos, una odalisca!

06/08/2009

Rufino (Quique Camoiras), señor pequeño dónde los haya, saliendo de debajo del vestido de una novia que se está sacando un retrato en un estudio fotográfico. Los niños del barrio siguiendo a la rumbosa protagonista para admirar su grupa al grito de: ¡Chicos, una odalisca! La criada cosiéndole los botones de la bragueta a su señorito –también hombre bajito- sin quitarle los pantalones. Se le va la mano y pincha más o menos en blando:

– No es culpa mía, señorito, es que se le ha hinchado mucho el aparato y he calculado mal la distancia.
– ¿Y creías que pinchando se iba a deshinchar?

Para subsanar el error, el señorito permite a la criada que se la sople. En cambio, Don Fidel, el profesor de griego (Antonio Garisa) no tiene tanta suerte y precisa encaramarse a su cama para espiar con prismáticos a la odalisca de rubicundo trasero mientras se ducha….
Y sólo cuento los primeros diez minutos, hasta el momento en que el padre de familia (José Sazatornil), puritano martínez-fachista obsesionado con los peligros de la televisión, pronuncia su primera línea de diálogo:

– No hay derecho, después de cenar volveré a escribir a televisión, hace mucho que no sacan a Rodríguez Sahagún.
– Te pasas el día escribiendo a televisión y para el caso que te hacen…
– Pues gracias a mi quitaron el anuncio ese de como limpiar un retrete a la hora de la comida.

La vendedora de ropa interior toma lo más sicalíptico y mundano de las comedias italiana y española –las referencias a Italia son numerosas- para construir un disparate hilarante y tontuno extremadamente recomendable. El guionista es madrileño –el mismo que escribió Capullito de alhelí-, pero el director, Germán Lorente, es castellonense y con razón rezuman los personajes y las situaciones un aire fallero sanísimo.
No pararía de hablar de esta joya, del pirrismo de Ramoncín conduciendo un sidecar, de ese gigante llamado Manuel Alexandre interpretando a un señor que le compra montones de lencería fina a su supuesta madre paralítica, de esa imitación instrumental de The Buggles bajo los focos de la discoteca Emmanuelle, de cómo con cuatro globos y un poster de J.R Ewing se ambienta el cuartito de la sirvienta. Una criada guapísima (la atrayente y malograda Lali Espinet/Andrea Albani) pero que no obedece a perfiles políticamente correctos. Cuando el padre de familia le dice, refiriéndose a su trasero: Debo reconocer que para ser criada tienes un esto muy hermoso, parece de UCD; ella sonríe y responde: El señor es muy amable y está a su disposición, dándose una buena palmada en el nalgatorio.
Sería injusto terminar sin hablar de los portentos de la vendedora de ropa interior, la cinematográficamente poco aprovechada María José Nieto, alias Maripepa, vedette jabugona y expansiva al más puro estilo Mediterráneo. Por momentos, verla vestida con pantalones inflama más que sus desfiles en ropa íntima, portando las prendas que fabrica un particular empresario catalán llamado Don Jordi Pujolet y que -quizás lo hayan ya adivinado- interpreta el inimitable Alfred Lucchetti. Ya saben, chistes sobre la actualidad del momento -aunque éste podría haber durado treinta años, oi?

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