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ven y mira

05/08/2009


¿Qué puedo decir ya del admirado y por siempre añorado Eloy de la Iglesia? Novena película. Siempre al grano y sin tapujos, siempre trabajando por la causa (la política, la económica, la sexual…). Empieza con un striptease masculino: Juan (Patxi Andión) cambiándose de ropa en la sórdida caseta de una gasolinera. Y continua con una de las secuencias más vitriólicas del cine de esa mal llamada Transición: El estéril Marcos (Simón Andreu) y su esposa Diana (Amparo Muñoz) asistiendo a la presentación de unos pobrecitos huerfanitos vietnamitas que han enviado a España para ser acogidos en adopción. Al matrimonio, las samaritanas señoronas de la institución benéfica le han reservado un niño de ojotes más grandotes de lo habitual, pero Diana sale escopeteada. Nada de ojos achinados, piensa, aunque le han querido hacer creer que ella es la yerma, sabe que es su marido quién lleva la semilla perecida de antemano. Y si quiere tener un hijo, lo tendrá, pero robusto y velludo, como cualquier españolito que se precie.
Y ahí tenemos el drama, un drama doble: la esposa burguesa (Muñoz) que quiere ser madre a toda costa, para ganarse las regalías de su posición, y el grasiento empleado de gasolinera (Andión) que está a punto de casarse con Charo, su novia de años (deliciosa Yolanda Ríos de tetitas menudas de una mano), viendo frustradas sus esperanzas de salir del tajo y prosperar a una vida mejor.
La divina Diana, criatura de belleza inalcanzable, se deja manosear por el rudo empleado de la estación de servicio, citándose con él a diario en una pensioncita de la capital y allí permite que el arado del hombre la vaya labrando, tarde tras tarde, hasta fecundarla. Y luego, si te he visto no me acuerdo.
Retrato de la imposibilidad real de una lucha de clases, de la falsaria valentía de un macho obrero y una hembra burguesa que, en ambos casos, se bañan y guardan la ropa al mismo tiempo. Destripamiento de un estamento intelectual especulativo y repugnante, de una sociedad en la que no mancharse de mierda y hundirse en ella resulta un imposible. Tal vez por eso, el único personaje límpido, puro amor –demasiado abnegado, pero amor, al fin y al cabo- acabe siendo la pobre Charo, que trabaja en una agencia de viajes y nada del mundo ha visto.
La belleza fría de Amparo Muñoz, la sencilla y precisa composición de personaje de Andión –que por momentos me anticipa a Banderas-, la siempre subyugante presencia de Andreu…, todo acompaña. Y, siempre presente, la mano del maestro, la exuberancia plástica de esa ninfolepsia traducida a imágenes: los cuerpos desnudos de Diana y de Juan bañados en grasa negra de taller y en nieve, la lubricidad remanente en cada objeto. Padre espiritual, padre cósmico.

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