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No es bueno que el hombre esté solo

04/08/2009


Olea se arma de valor y va siempre a buscarle el reverso a la soledad del hombre sobre la tierra. Y quizá sea en éste, su octavo largometraje, donde más explícito resulta este ejercicio de rotación, de ponerse del otro lado, dentro de la campana de vacío y de miedo –miedo a perder cuando ya se ha perdido.
Un cuento gótico minimalista que funciona gracias a la docta ductilidad de un José Luís López Vázquez que parecía en ese tiempo en estado de gracia – El bosque del lobo, Mi Querida Señorita, La cabina, Habla, mudita; La prima Angélica…, en apenas cuatro años.
Martín, personaje que guarda ecos literales – en el rostro y el apellido- de aquel torturado Benito Freire que destrozaba a las pobres aldeanas con ínfulas citadinas, es el hombre que ha objetualizado la pérdida, como un taxidermista aquieta en acto fallido la mascota ausente de un niño o como embalsama un forense los despojos de un Papa, para hacerse la ilusión de que le ha ganado la mano a la muerte.
La muñeca que Martín toma por su bellísima esposa, fallecida antes de cosechar las flores del tálamo, viene a ser ese residuo, el huésped desconocido de Maeterlink reducido a material de importación. Fetiche solidificado de un imposible, una reliquia que para lo único que no sirve es para el sexo.
Para el sexo –y sólo para el sexo- sirve Lina, procaz, provocativa y exultante Carmen Sevilla, que intenta violar al desolado solitario, sintiéndose humillada ante su negativa a probar su carne y sus humedades. Porque aquí no hay equívoco posible, cada personaje es una cosa: el casto y fiel espectrófilo, la zorra arribista, su chulo, el empresario nocturno sodomita y la niña fisgona y odiosa –una Lolita Merino de debut y despedida.
Uno se inclina siempre por la exégesis y se deja casi abducir por ese formidable hotelito de tres plantas y por toda esa cantidad de metraje que nos muestra el día a día de los astilleros. Y qué decir del manierismo de esas cintas de casete, la vajilla para tomar licores, el quehacer de las secretarias…
Las dos secuencias finales, inolvidables, chirriante artesanía sin frenos. Un cuento gótico, el doloroso triunfo de un fantasma-objeto, de esos que tanto demostraron conocer en su día los dos Luíses.

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