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que mai no tingueu repòs en cap dels vostres dies

01/08/2009


Alguna vez dejé por aquí escrito que, por estas tierras, suele ocurrir que algunos de los hombres con más arrestos y personalidad propia suelen ser homosexuales. No digo que esa sea su característica definitoria, pero me parece muy sintomático que en esta sociedad acomodaticia donde las haya, se den las cosas de este modo.
En todo caso, ayer, impelido por una breve entrevista a Lluís Llach que vi en una de los documentales sobre la nova cançó, cogí del estante Llach: La revolta permanent y me puse a verla, no sin reparos, ya que es uno de esos deuvedés que medio regalan con el diario –como esos resúmenes sobre la temporada del Barça- gracias a que el dueño del rotativo es el mismo que produjo la película.
No obstante, más allá de algunos juegos estéticos que nunca podrán ser de mi agrado – y eso, ¿a quién le importa, verdad?- se constituye como un documental preciso y directo, una prueba más de que la Transición no fue tal y de que, por desgracia, bajo este suelo, los muertos pocas veces pueden descansar en paz.
Los sucesos acaecidos en Vitoria-Gasteiz el tres de marzo de 1976, el ametrallamiento a bocajarro de los obreros reunidos en asamblea por parte de la policía, bajo la presidencia de Arias Navarro y la corresponsabilidad ministerial de Fraga Iribarne, Suárez y Martín Villa, no ha sido jamás reconocida. Cinco muertos y más de un centenar de heridos por las balas parece que no fueron suficiente para que el Estado y las autoridades policiales pidieran perdón y reconocieran el tamaño y la iniquidad de la carnicería.
La noche de aquel tres de marzo, Llach recibió las pocas noticias que la censura y el miedo dejaron escapar de las calles masacradas de Vitoria y nació de sus manos y su rabia Campanades a morts, una pieza que corta el aliento y que termina con una visceral maldicion lanzada sobre los culpables. Obra admirable que se alimenta del telúrico mineral que enciende la tradición popular catalana para elevar su grave bramido como lo hicieron aquellos formidables toros quietos de Guisando evocados por Lorca. Que la maldición caiga siempre sobre vosotros, asesinos.

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