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Lola

26/07/2009


Hay un gato que es mío y que vive aquí. Si lo veis, ni caso, avisó el tipo mientras no paraba de pasarse la mano por el cabello mojado y de aventarse la camiseta para sacudirse el sudor. Se fue y no tardamos en conocer al gato que, en realidad, era una gatilla muy joven, delgadita y discreta.
El tipo cuidaba de la finca y nosotros de Lolita, a la que fuimos tomándole cariño. Yo, sin embargo, me porté con ella de muy mala manera. No quería que se quedara en el interior de la casa por la noche y, en un par de ocasiones, la saqué cogida del cuello –su cuellecito podía rodearse con dos dedos-, por donde las gatas agarran a sus crías recién paridas y la eché de golpe al patio. La segunda vez lo hice gritándole: ¡Fuera de aquí, gato de mierda!
Le di muchas vueltas a esa manera tan mezquina de tratar a la pobre Lola, que ni maullaba ni se quejaba nunca, ni siquiera al expulsarla de una vivienda que era más suya que nuestra. Y, aunque suene ridículo, la tarde del día siguiente, mientras la acariciaba, le pedí perdón. Luego, con la puesta de sol, le saqué esta foto que quedó medio borrosa. Las hay mejores, pero ésta es la última.
A la mañana siguiente, la vi descansando en la cornisa, junto a la ventana del salón. Nos fuimos y ya no volvimos a verla hasta la tarde. Fue por casualidad, bajando las escaleras que llevaban a un rincón de la finca que yo todavía no había visto. La encontramos empapada y quejándose debajo de un árbol. Se dolía la pobre, ella que apenas había maullado en seis largos días.
Avisamos al cuidador de la casa, que quiso hacernos creer que llamaría a un amigo veterinario. Apartó a Lolita de donde estaba y, misteriosamente, acabamos encontrándola en un lugar inaccesible, bajo la vegetación. Teníamos localizado un veterinario en el pueblo de al lado, pero no había manera de sacarla de aquella maraña de ramaje y raíces. Después de mil intentos, haciendo un esfuerzo terrible, el animal se arrastró hasta la red que servía para limpiar los bajos de la piscina y pudimos sacarla. Pero, al dejarla en el suelo y acercarle un bol con agua, desfalleció. Pudimos reanimarla por unos segundos, pero eso sólo sirvió para prolongar sus estertores hasta la muerte.
El suelo era duro y no teníamos ningún pico a mano. La metimos en una tinaja, la cubrimos de piedras y la depositamos en el lugar inaccesible donde había aparecido después de la sospechosa maniobra del cuidador que, al venir a despedirse, justo antes de iniciar nosotros el viaje de vuelta, se delató al descubrir que algo sabía de porqué Lolita sangraba y se dolía la tarde del día anterior.
Mal hayan quienes hacen sufrir en vano a los animales y a los niños. Lola se merece un cuento, pero no por ello he podido sustraerme a escribir estas líneas. Si hubiera muerto una semana antes, ni siquiera la hubiéramos conocido.

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