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después de un orgasmo

26/07/2009


Una mañana de domingo compramos fotocromos a peso en un mercadillo, fotocromos y carteles de películas que mi hermano y yo nos llevamos a casa no recuerdo ni cómo. Entre esas series de fotografías publicitarias figuraban las de un thriller que, por entonces, aún no había visto.
Siguiendo la máxima de joderle el título a las producciones extranjeras, los distribuidores españoles la habían bautizado como Un cebo llamado Elizabeth, pero James Toback, su guionista y director, la había llamado simplemente Exposed. Una hermosa película protagonizada por una de las criaturas cinematográficas más preciosas que en el mundo han sido. Natassja Kinski es, efectivamente, Elizabeth, una jovenzuela inteligente, pero algo inocente, hambrienta de experiencias y cuya inconsciencia y belleza trae de cabeza a cuanto hombre se cruza con sus piernas. Siente tanto apetito por la vida como ganas de devorarla experimentan quienes la rodean.
Exposed es en el fondo y en la forma una película de vampiros en la que impera un ritmo sonámbulo, la caída del alma hacia la noche y el ejercicio diapasónico de la seducción. Me pregunto por qué Rudolf Nureyev no interpretó un número mayor de películas. Su quinésica pasiva agresiva, a lo Norman Bates, y la subyugante expresión de su rostro lo convierten en un foco ineludible de atención para la cámara. Aunque aquí, en realidad, el Gran Vampiro se ha encarnado en Harvey Keitel, que interpreta a Rivas, un argentino que dirige una red terrorista.
Entrar en la casa del barrio parisino que sirve de guarida y cuartel de operaciones a Rivas es lo mismo que meterse en el castillo de Drácula. Ahí está su cohorte de hembras jóvenes que lo idolatran y de hombres que le sirven de sicarios.
Toback se preocupa por el nuevo vampirismo de su tiempo: la atracción que los jóvenes experimentan hacia la entropía y la destrucción. Cuando Elizabeth entra en contacto con una de las acólitas de Rivas, ambas almuerzan en una hamburguesería y la muchacha delata, sin saberlo, de que modo el neo-vampiro se infiltró en su vida y la hizo suya. Esa escena, como otras de la película, resulta cercana y extrañamente creíble. Si Usted se fija bien, se dará cuenta de que sobre la mesa que comparten las dos chicas, además de unas revistas de modas y el envase vacío de las hamburguesas hay tres vasos de plástico. No dos, sino tres. Alguien tiene mucha sed. Ese vaso añadido es la clave de todo.
Exposed, además de cuidar su contenido, persevera en el esplendor de la forma. El momento en que el equívoco violinista (Nureyev) comienza acariciar el cuerpo de Elizabeth con el arco de su instrumento, llevándola a un éxtasis berniniano, sólo es superado por otra escena. que cualquiera podría interpretar equivocadamente como un punto muerto: Sola en su apartamento, Elizabeth –recién convertida en modelo de éxito- se pone a bailar, saltar y dar volteretas de un modo frenético, al ritmo de la música, hasta dejarse caer agotada y empapada de sudor –y algo más-, deslizando su espalda sobre el espejo del estudio. Parece haber sido derribada por un estresante orgasmo.
Un toque de genio, sin duda, como ese par de líneas de diálogo en que Elizabeth le pregunta al extraño violinista: ¿Qué es lo que quieres de mí? Y él responde. Todo. ¿Y quién no?, me preguntó ahora, con Fulci tumbado boca arriba en el sofá, mientras leo las garrafales erratas de la carátula del deuvedé que compré a un euro, como los de todas las películas que llevo reseñadas durante las últimas semanas, casi meses.

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