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cenizas rojas

24/07/2009


Durante estos últimos días he acabado de leer algunos libros que llevaban entreabiertos desde hacía semanas e incluso meses. Terminé primero una semblanza crítica de Jesulín de Ubrique que publicó Rubén Amón allá por el noventa y cinco, cuando a Belén Esteban ni se la intuía todavía. Y esta misma mañana he alcanzado las últimas líneas de la formidable Danse macabre compuesta por el gran Stephen King a comienzos de los ochenta.
Del rey siempre se aprende algo. Volví a verle hace unos días encarnando al penoso palurdo que se convierte en vegetal en el Creepshow de Romero y no pude parar de asombrarme. Creepshow ha cobrado la forma transmutada de un réquiem que pocos sabrán ya interpretar, pues se ha ido perdiendo la memoria del difunto.
Todo son comidas de tarro. Mejor no pensar, pero tampoco sirve de mucho dejarse llevar, pues resulta peligroso simpatizar demasiado con las cucarachas. La noche es un mono que busca una rama donde no debe, tal vez se agarre al filo hiriente de ese cuerno lunar y tengamos mañana una lluvia roja bajo la que se diluya el pesado horizonte. No compro fresas, ni cerezas, sólo melocotones y bastardas nectarinas. Vacío la mirada en el feísimo patio del vecino, tugurio de bombonas, trastos y chillones tendederos. Malaje.

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