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pesadillas diurnas para un hombre ciego

27/06/2009


El bueno de Boris Karloff murió en el sesenta y nueve y esta película se rodó dos años antes. Vivió el señor su invierno español en pleno verano, un estío de playa y colonia de artistas, con mansiones de estilo arábigo, hippismo demudado y costumbrismo petardista.
El coleccionista de cadáveres es una de esas películas en las que la cámara se pone donde puede y muestra muy poquita cosa. Es pieza para amantes de la teratología de pequeño formato pues, si bien no encontrará en ella perla alguna, si hallará más de una protuberancia cuyo destello fugaz no pasará desapercibido.
La cosa empieza más o menos bien, con unos créditos coloridos, seguidos del estrangulamiento de un gitano jorobado que alquila sombrillas. Pero, a partir de ahí, el director, Santos Alcocer, se pierde en pulposas asimetrías que mezclan el tipismo flamenco con una fallida pretensión de cosmopolitismo. Todo lo cual me gusta, porque convendrán conmigo en que no hay nada más aburrido que el cosmopolitismo triunfante.
A Karloff se le nota lleno de paciencia –México cura de espantos- en su papel de escultor ciego manipulado por una especie de Gala filo-nazi interpretada por la sueca Viveca Lindfors. De hecho, uno de los pasajes más austrohúngaros del film nos muestra a Lindsfors metida en la cama, de día, protegida con un antifaz y sufriendo una pesadilla en la que se ve a sí misma uniformada, fustigando a una chiquilla rubia con trenzas. Después se presenta disfrazada de esta guisa en una fiesta de disfraces y baila con su lover que anda vestido de esqueleto.
Momentos como estos bien merecen un visionado, aunque para ello haya que apechugar con un tipismo andaluz lastimoso y con ciertos giros fonéticos de dobladillo. Además, Alcocer incurre con demasiada facilidad en el mismo yerro que cometió Miguel M. Delgado en tantas aventuras del Santo: coloca la cámara en lo alto, para captar todo el espacio donde se desarrolla la acción y manda la tensión dramática y estética a hacer puñetas. Para compensar, encontramos la imperfecta, pero pizpireta Rosenda Monteros que pinta lo concreto para acceder a lo abstracto. Ahí está el detalle.

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