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una risa vieja

17/06/2009


Verán, la situación es la siguiente. Me paso el día escribiendo sobre ancianos, enfermos y discapacitados. Cuando ya no puedo más, asomo el hocico y emito un graznido vacuo en el libro de las caras o me leo unas cuantas historietas de piratas de carrerilla, para luego volver a sentarme a teclear sobre geriátricos y otros centros residenciales. Mala está la cosa, mala. Se caen los proyectos antes de levantarse, le falta a este infierno musculatura y nos estamos quedando en los meros huesos, cualquier día llega la andanada y se nos lleva.
Hoy me he visto en una foto de la red y me ha entrado la risa floja, floja como el músculo, como la vejiga de los incontinentes. Parecía yo aguantarme en la foto la risa floja, la risa en los huesos que decía don José, el del las fronteras infernales y el disparate literario. Me cubría yo la boca y miraba muy fijo, con pintas de observador ceñudo, pero me creo más que me mordía la lengua, me taponaba el carcajeo envuelto entre cabezas de alfiler neobarrocas, del Neobarroco calabrés o del final de las dunas que remontan el rojo horizonte de un Marte afligido. Pienso un poco, casi nada, para pensar el rato y dispensarme un trago de agua natural, ya saben, del tiempo. Un trago de agua envenenada, el bautizo de los viejos hijos de Herodes.

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