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amurado

07/06/2009

Ahora vivo una segunda vida en el libro de las caras, una vida ciertamente ridícula y panoli, pero no se puede hacer otra cosa después de pasear la mirada un par de días por esos muros que uno no se habría podido topar ni en el suburbio más cerril de los quincalleros ochentas. Así que, mientras escribo sobre geriátricos y discapacidades –hoy he soñado, al fin, con unas ancianas encamisadas avanzando por un estrecho corredor sobre sus sillas de ruedas-, asomo las napias, de rato en rato, dándole un barniz de babas a mi perfil desenredado. Y eso, que voy haciendo amigos virtuales que descargan calambrazos léxicos sobre mi pantallote, al tiempo que la gata de la vecina se desparrama en sus celos. Puro desgarro.

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