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¿Y quién no prefiere una oreja de jovencita?

16/05/2009


Por fin una película verdaderamente perversa, enfermiza en esencia. Ni si quiera los toques de comedia zafia que supuran, aquí y allá, como inopinadas ampollas, logran encubrir el fondo viscoso y malévolo que arrastra su corriente desde abajo hasta más al fondo.
Una colegiala se despide de una monja a la salida de la escuela católica y se expone a la desgracia tratando de regresar a casa en autoestop. ¿Cuántas despreocupadas autoestopistas adolescentes murieron a manos de algún desalmado en el mórbido paisaje interurbano del cine americano de los setentas? Alguien debería habérselo advertido a la pobre Candy –atropellada, ambigua y dulcemente abordable Susan Sennett– antes de caer en manos de estos tres desaprensivos: dos hermanos rubios y un gañán (Vince Martorano) moreno con pintas de leñador.
Le acechan en el interior de una furgoneta –Cuántas furgonetas merodeando el mórbido paisaje interurbano de la Norteamérica de los setentas, ¿No es cierto?-, cubriéndose la cara con una de esas narices postizas con gafas de broma. Tres personajes ridículos y, por lo tanto, capaces de todo.
¿Cuál es el plan? Secuestrar a la muchacha, enterrarla viva en un hoyo y pedirle un puñado de diamantes a su padre joyero. ¿Quién lo ha ideado? La única chica del trío, Jessie, una preciosa Tiffany Bolling, muy, pero que muy comestible, a la que el fornido leñador penetra de pie en el vacío nocturno de una vieja casa medio abandonada.
¿Hace falta que diga que el plan les sale torcido? Sí, la pobre Candy parece tener las horas contadas, a oscuras y sin oxígeno, sepultada en el borde de un baldío. Su vida depende de la buena voluntad de un pequeñajo mudo, medio autista. Y permítanme que haga también referencia al color de su pelo, porque este pequeño y agobiante testigo –hijo del director- es tan rubio como los malvados hermanos, como la triste Candy o su maquiavélico padre.
El secuestro de Candy es una película con sobreabundancia de rubios, lo cual, en si mismo, ya resulta perturbador –si no me creen, échenle un vistazo con pipas a mano. Perturba también la manera brusca e intransigente de trazar sus perfiles humanos: esa joven empleada que le dice a su jefe “puedes hacer conmigo lo que te apetezca” a cambio de una piedra preciosa algo tarada o el sañudo desprecio que esa ama de casa siente por su hijo discapacitado. Sumémosle, además, esa mala manera de filmar los espasmos de placer y de dolor en los asaltos sexuales. Todo, todo contribuye a generar un clima malsano, corrompido desde su núcleo…
Pero todavía hay algo más allá, o más acá, según se mire, que confirma que es ésta una obra engendrada según los cánones de no se sabe qué oscura inteligencia: existe un patrón revulsivo a la hora de tensar el arco de la trama y de tomar sus airados desvíos: una soez cena con el jefe, una pulsión incestuosa que termina con un chirlo en el corazón, unas escaleras que se quiebran en el cráneo de alguien, provocando una extravagante mini-secuencia de suspense que termina de modo tan absurdo a cómo empezó; una visita a la morgue en busca de una oreja con qué formalizar un chantaje… Y, en medio de todo ello, la confesión que el secuestrador grandullón medio susurra a la atemorizada Candy, que lleva una venda enredada en la parte superior del rostro: “Cuando esto acabe compraré una bolera. Siempre he querido una bolera…”.
Tal vez usted, si la ve, sólo quiera reconocer aquí la historia de tres mierdas que no dan pie con bola, tres náufragos de la vida criminal. Pero créame, allí está El Mal, puede olerse su pútrida esencia, y si cierran un rato los ojos, se sentirán tal vez menos solos, peor acompañados…

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